Delfines de Rangiroa: el límite de un encuentro salvaje

En el paso de Tiputa, en Rangiroa, algunos delfines mulares han desarrollado una relación muy particular con los buceadores. Vivir uno de estos encuentros desde el agua fue fascinante, pero también me hizo preguntarme dónde termina una interacción espontánea y dónde empieza nuestra responsabilidad.

Un encuentro bajo el agua

Había viajado a Rangiroa sabiendo que existía la posibilidad de encontrar delfines durante las inmersiones en el paso de Tiputa. También sabía que algunos de ellos se acercaban a los buceadores, pero nunca lo entendí como algo garantizado. Al fin y al cabo, siguen siendo animales salvajes y decidir si aparecen o no debería depender de ellos.

Fue durante nuestra segunda inmersión. Estábamos a unos veinte metros de profundidad, moviéndonos entre la zona de coral y el azul con la esperanza de cruzarnos con ellos, cuando aparecieron dos delfines: una madre y su cría. Se encontraban cerca de la superficie, pero al ver a los buceadores descendieron.

La cría pasó completamente pegada a mí. No estaba simplemente atravesando la zona: se acercó buscando contacto, me miró y continuó hacia mi compañera haciendo prácticamente lo mismo. Después se dirigieron hacia otro grupo de buceadores y, desde cierta distancia, pude observar cómo uno de los instructores comenzaba a acariciarlos. El delfín se colocaba incluso boca arriba facilitando el contacto.

En nuestro centro de buceo nos habían dado una indicación diferente: si los delfines se acercaban podíamos disfrutar del encuentro, pero no debíamos tocarlos. Cuando volvieron hacia nosotros, la cría pasó nuevamente junto a mí antes de regresar con su madre hacia la superficie.

Resulta difícil explicar lo que supone tener un delfín salvaje a centímetros, mirándote y buscando deliberadamente tu presencia. En aquel momento no pensé en turismo, habituación ni conservación. Pensé simplemente en la suerte que estaba teniendo de vivir aquello.

Las preguntas llegaron después.

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Los delfines de Tiputa

Los delfines mulares (Tursiops truncatus) están presentes en los cinco archipiélagos de la Polinesia Francesa, aunque Rangiroa es uno de los lugares donde se observan con mayor regularidad. En la zona de Tiputa existe una comunidad que lleva años siendo estudiada e identificada individualmente. No todos sus miembros se comportan igual ni muestran el mismo interés por los seres humanos.

La asociación Dauphins de Rangiroa lleva más de quince años realizando seguimiento de estos animales y estudia especialmente su relación con el turismo de buceo. Sus investigaciones han encontrado algo que ayuda a entender lo que yo había observado bajo el agua: algunos individuos han llegado a tolerar e incluso buscar interacciones físicas con los buceadores.

Pero aquí aparece una cuestión importante.

Que un animal salvaje busque nuestra presencia no significa necesariamente que debamos fomentar ese comportamiento.

El buceo turístico comenzó en Tiputa décadas antes de que existiera un seguimiento científico sistemático de estos delfines, por lo que resulta difícil reconstruir exactamente cómo comenzó esta relación. Lo que sí sabemos es que las interacciones se han repetido durante años y que actualmente se estudian sus posibles consecuencias sobre el comportamiento y bienestar de los animales.

Investigaciones recientes incluso han encontrado diferencias individuales en la predisposición de estos delfines a interactuar con los buceadores. Algunos son mucho más confiados que otros. Estamos, por tanto, ante individuos con comportamientos y temperamentos diferentes, no ante una especie cuyo comportamiento natural sea acercarse a cualquier persona para recibir caricias.

Cuando el encuentro se convierte en expectativa

Quizá el mayor riesgo aparezca cuando dejamos de entender estos momentos como una posibilidad y empezamos a venderlos como una experiencia.

“Nadar con delfines” es una imagen extraordinariamente poderosa para las redes sociales. Yo misma tengo fotografías y vídeos de aquel encuentro y sé perfectamente lo fácil que resulta quedarse únicamente con esa parte de la historia.

Pero existe una diferencia enorme entre viajar a Rangiroa sabiendo que quizá puedas encontrarlos y hacerlo esperando regresar con tu fotografía junto a un delfín.

Cuando existe esa expectativa también aumenta la presión para conseguirla.

Durante mis cinco inmersiones en Tiputa pude comprobar que los propios centros pueden abordar estos encuentros de maneras diferentes. Mientras nuestro instructor nos pidió expresamente que no tocáramos a los animales, observé cómo otros buceadores sí mantenían contacto físico con ellos.

Y aquí encontré una contradicción que inicialmente me costaba entender: si es el propio delfín quien se acerca y parece buscar una caricia, ¿qué daño puede haber en corresponderle?

La respuesta no es simplemente que tocar a un delfín vaya a provocar inmediatamente un daño. El problema está en lo que ocurre cuando repetimos esa interacción cientos o miles de veces y terminamos reforzando una relación cada vez más estrecha entre un animal salvaje y las personas.

Precisamente por ello, los investigadores de Rangiroa estudian actualmente los riesgos derivados de estas interacciones y trabajan para promover un turismo de observación más responsable.

Fotografiar sin convertirlo en una fotografía

Llevaba mi Sony Alpha 7 V dentro de una carcasa SeaFrogs con el 16-35 mm f/2.8, además de una DJI Osmo Action 5 Pro. El gran angular resultó perfecto cuando el delfín pasó prácticamente a centímetros de nosotros, aunque la cercanía de otros buceadores, el movimiento y lo efímero del encuentro hicieron difícil conseguir las composiciones que habría imaginado.

Y quizás eso también forme parte del aprendizaje.

No viajamos al océano para que los animales nos proporcionen una fotografía determinada.

El turismo de fauna puede tener una parte positiva. Puede acercarnos a especies que de otra manera nunca conoceríamos, despertar curiosidad y conseguir que alguien quiera proteger aquello que acaba de descubrir. El problema comienza cuando nuestra experiencia se vuelve más importante que el animal que tenemos delante.

No creo que la respuesta sea dejar de bucear con los delfines de Rangiroa. Creo que consiste en preguntarnos cómo queremos hacerlo.

Quizá disfrutar de que un delfín salvaje decida acercarse sea suficiente.

Sin perseguirlo. Sin exigir el contacto. Sin convertir una posibilidad en una promesa.

Y, sobre todo, recordando que el encuentro no nos pertenece solo a nosotros.

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